Los vinos latinoamericanos emergentes que conquistan la escena global
El mundo del vino nunca deja de reinventarse. Si hace unos años hablar de etiquetas destacadas nos llevaba siempre a Francia, Italia o España, hoy los ojos se están posando en lugares inesperados. Y eso, como aficionado curioso, me parece fascinante. En Brasil, por ejemplo, la región de Minas Gerais sorprendió en los Decanter World Wine Awards 2025 con medallas que pocos imaginaban. Vinos nacidos en un clima tropical de altura, trabajados con paciencia y técnicas modernas, están demostrando que el país no solo hace buen café y caipirinhas, sino que también puede firmar botellas capaces de competir en la mesa de cualquier restaurante del mundo. Uruguay, que durante años nos acostumbró a su Tannat robusto, está mostrando otra cara. Nuevas variedades, estilos más refinados y propuestas que llegan cada vez con más fuerza a certámenes internacionales. Y Bolivia, con sus viñedos de altura en Tarija, ha empezado a conquistar jurados que antes veían a los Andes como un escenario improbable para vinos de clase mundial. Lo mismo ocurre en países donde la tradición vitivinícola es casi inexistente. Colombia, con proyectos en Villa de Leyva, experimenta en microclimas andinos capaces de dar vinos singulares. Perú, tierra del pisco, también suma etiquetas que empiezan