“Viajar para sanar”, una frase que vuelve a mí cada vez que pienso en cómo el turismo está recuperando su sentido más profundo: conectar, cuidar y transformar. No viajo solo para descubrir lugares nuevos; viajo para entenderlos, para dejar algo bueno atrás. Durante años, la sostenibilidad fue el techo del sector. Reducíamos el consumo de plástico, respetábamos el entorno, promovíamos prácticas responsables, y con eso parecía suficiente. Pero el mundo cambió. Hoy enfrentamos un planeta herido, con crisis climáticas, pérdida de biodiversidad y desigualdades acumuladas. En esta realidad, ya no basta con “no dañar”: tenemos la responsabilidad —y también la oportunidad— de sanar. Por eso me inspira el turismo regenerativo, una corriente que va más allá de la sostenibilidad y propone devolverle al entorno más de lo que tomamos. No es un concepto teórico ni una palabra de moda. Es una forma distinta de viajar que invita a restaurar ecosistemas, revitalizar comunidades y fortalecer culturas locales. Me gusta pensar que el viajero deja de ser un espectador para convertirse en un aliado, en alguien que aporta, aunque sea a pequeña escala, al bienestar de un lugar. Lo que más me llama la atención de este movimiento es su mirada integral. No se trata