Con el tiempo he entendido que los viajes no empiezan cuando elegimos un destino. Empiezan mucho antes, en una búsqueda sin intención, en una imagen que se queda más de la cuenta, en una necesidad que todavía no sabemos explicar. Viajar nunca ha sido solo una decisión práctica; siempre ha sido una respuesta emocional. Hoy, esa etapa previa al viaje empieza a ser observada con más atención. Y cuando hablamos de turismo predictivo, no hablamos de algo lejano o abstracto, sino de algo que nos incluye a todos los que viajamos. Se trata de la capacidad de entender al viajero —a mí, a ti— antes incluso de comprar un pasaje. No a través de suposiciones, sino a partir de gestos cotidianos: los destinos que miramos varias veces, los lugares que guardamos sin reservar, los tipos de viajes que repetimos, los momentos del año en los que buscamos inspiración. Sin darnos cuenta, vamos dejando pistas. Desde el otro lado, la industria ha empezado a leer esas señales para tomar decisiones más acertadas. No para adivinar lo que haremos, sino para ordenar opciones. En lugar de mostrarlo todo, aprende a filtrar. A sugerir menos cosas, pero más pertinentes. A intuir si estamos buscando descanso,