Las celebraciones culturales tienen un poder transformador que me inspira profundamente. No se trata solo de música, baile o tradición; detrás de cada carnaval, festival o fiesta popular late un motor económico con un alcance enorme. Estos encuentros atraen a miles de visitantes, dinamizan sectores completos, desde el turismo y la hotelería hasta la gastronomía y el comercio local, y al mismo tiempo, proyectan la identidad de un país al mundo. Lo que nace como una expresión genuina de comunidad se convierte en una plataforma sólida de desarrollo económico y social, capaz de generar inversión, empleo y oportunidades que trascienden la fiesta y dejan huella en la economía nacional.
El Carnaval de Brasil es, quizá, el ejemplo más contundente de este fenómeno. En 2025, entre el 24 de febrero y el 8 de marzo, llegaron al país más de 310.000 turistas internacionales para disfrutar de la fiesta, de los cuales más de 161,000 arribaron por vía aérea. En el estado de Río de Janeiro, la ocupación hotelera alcanzó niveles récord, con zonas como Copacabana, Ipanema y el centro registrando tasas entre 96% y 99%, mientras que el promedio en todo el estado fue de 87,7%, frente al 81,2% del año anterior.